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Cada 18 de febrero se conmemora el Día Internacional del Asperger, una fecha clave para visibilizar realidades que aún permanecen en gran medida invisibilizadas. En la actualidad, el término síndrome de Asperger ha sido sustituido por Autismo con nivel de apoyo 1, tras la actualización de los manuales diagnósticos que lo integran dentro del Trastorno del Espectro del Autismo (TEA). No obstante, dado que sigue siendo una denominación ampliamente utilizada, aprovechamos esta fecha para acercarnos a lo que implica ser una persona autista y contribuir a un mayor conocimiento social de esta realidad.
Hoy Eva, una mujer recientemente diagnosticada como autista con nivel de apoyo 1 nos hace visible, a través de su testimonio, todo aquello que no aparece en las definiciones clínicas, pero que marca profundamente lo que es el autismo.
“Tener autismo es tener desafíos que los demás no ven”
Para Eva, vivir con autismo no se reduce a una etiqueta diagnóstica. Supone convivir con dificultades invisibles que, al no ser reconocidas, suelen ser cuestionadas por el entorno. “Muchas veces te llaman exagerada”, explica, especialmente cuando las personas desconocen que estás dentro del espectro. Esto genera problemas de comunicación, malentendidos constantes y una sensación de incomprensión persistente.
En el caso de las mujeres, la situación se agrava. Eva subraya que en España la media de edad de diagnóstico en mujeres con autismo con nivel de apoyo 1 es más alta que en otros países europeos. No es casual: socialmente, a las mujeres se las educa para adaptarse, agradar y no destacar. Esto favorece el enmascaramiento, es decir, la simulación continua de comportamientos neurotípicos para encajar.
Desde fuera, este esfuerzo suele interpretarse como una buena adaptación. Desde dentro, tiene un coste altísimo. Eva es clara: el enmascaramiento sostenido provoca un dolor constante que puede desembocar en consumo de sustancias, ideaciones suicidas o intentos de suicidio, especialmente cuando no hay diagnóstico ni adaptaciones. Todo ello responde a una lógica social que exige ser “como el resto”, ignorando que la diversidad (y no la uniformidad) es lo que permite avanzar como sociedad.
Mitos que siguen pesando
Entre las ideas erróneas más extendidas sobre el autismo con nivel de apoyo 1, Eva destaca la creencia de que todas las personas autistas son genios de las matemáticas, la física o los trenes; que no tienen dificultades reales; o que no quieren socializar.
La realidad es otra. Las personas autistas sí desean relacionarse, pero lo hacen de una forma distinta: menos superficial, más profunda, más centrada en conocer de verdad a la otra persona. El problema no es la falta de interés social, sino el choque entre formas distintas de comunicarse y vincularse.
Lo que no se ve, pero pesa cada día
Gran parte del impacto del autismo está en lo invisible. Eva menciona la sensorialidad como uno de los aspectos más determinantes. Muchas personas autistas presentan hiper o hiposensibilidad en cualquiera de los ocho sentidos. En su caso, la hipersensibilidad auditiva le provoca dolores de cabeza frecuentes en entornos ruidosos.
A esto se suma la reactividad emocional, conocida como meltdown. No se trata de rabietas, sino de una respuesta física ante estímulos dañinos sostenidos en el tiempo: ruido, interacción social prolongada, sobreexposición. Cuando el cuerpo ya no puede sostener más, reacciona. La confusión social ante estas crisis suele agravar aún más la situación.
El enmascaramiento constante y el ser percibida como “rara” o “excéntrica” sin que nadie se plantee conocerte terminan pasando factura a la autoestima y al bienestar emocional.
Vivir en una sociedad pensada para otros
Eva lo resume sin rodeos: casi cualquier espacio cotidiano es excesivamente ruidoso. A ello se añade la tendencia de muchas personas a interpretar mensajes implícitos donde ella habla de forma literal, generando respuestas que no tienen nada que ver con lo que ha preguntado.
Las conversaciones en grupo, especialmente en ambientes ruidosos, el small talk y la necesidad constante de descifrar dobles sentidos suponen un desgaste continuo que suele pasar desapercibido desde fuera.
En el ámbito social y laboral, las normas no escritas son una de las mayores barreras: expectativas implícitas, obligación de participar en actividades fuera del horario laboral sin invitación explícita y el riesgo de ser etiquetada como “rarita” si no se ajusta a ellas.
Fortalezas que no se reconocen
Frente a una visión centrada únicamente en las dificultades, Eva reivindica capacidades clave: la habilidad para ver múltiples soluciones a un mismo problema, una alta empatía y una fuerte disposición a ayudar a otras personas.
Sin embargo, estas fortalezas siguen sin ser reconocidas. Persiste la falsa creencia de que las personas autistas no tienen empatía, cuando en realidad muchas presentan hiperempatía, especialmente de tipo cognitivo. El problema no es la ausencia de empatía, sino que se manifiesta de una forma distinta a la socialmente esperada.
Ajustes razonables que cambian vidas
Las soluciones no son complejas. Eva señala ajustes claros y concretos: instrucciones por escrito, espacios con menor ruido, posibilidad de descanso ocasional. Medidas sencillas que mejoran significativamente la calidad de vida.
En entornos educativos y laborales, insiste en que un ambiente relajado, con iluminación adecuada, menos ruido y normas claras beneficia a todo el mundo, no solo a las personas autistas. Además, destaca una diferencia habitual en el aprendizaje: mientras muchas personas neurotípicas memorizan para aprobar y luego olvidan, las personas autistas tienden a necesitar comprender profundamente los contenidos, lo que hace que ese aprendizaje perdure en el tiempo.
Un mensaje para quienes dudan… y para toda la sociedad
A quienes sospechan que pueden estar dentro del espectro, Eva les lanza un mensaje claro: hacerse el diagnóstico no es ponerse una etiqueta, es encontrar una explicación a toda una vida. Permite entender lo vivido, cuidarse mejor y empezar a atender de verdad las propias necesidades. Para muchas personas, supone un auténtico punto de inflexión.
Y en este 18 de febrero, su mensaje final es directo: las personas autistas pueden parecer raras al principio, pero su forma diferente de procesar el mundo aporta miradas, soluciones e innovaciones que no surgirían en entornos homogéneos. Equipos formados solo por personas neurotípicas tienden a pensar igual; incorporar diversidad cognitiva multiplica las posibilidades. Por todo ello, su invitación es clara y sin rodeos: pon un autista en tu vida.