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Disculpe las molestias.
Me llamo Alejandro, aunque casi todos me llaman Álex. Tengo 18 años y vivo en Madrid con mi madre, mi padre y mi hermano mayor. He pasado por varios centros de educación especial, y desde hace unos años voy al CEE Ponce de León. Allí cada día es un nuevo reto.
Desde pequeño he sido un chico inquieto. Mi cuerpo parece tener siempre un motor encendido; me gusta correr, saltar, montar en patinete, nadar… Cuando me muevo, siento que todo encaja un poco mejor. También me gusta ver vídeos en la tablet, que me hagan cosquillas o balancearme en los columpios del parque. Son momentos en los que me relajo y puedo respirar más tranquilo.
Aunque me comunico con palabras, a veces éstas se quedan cortas, otras se enredan o simplemente no salen. Y cuando no puedo explicar lo que necesito, algo dentro de mí me aprieta. Me frustro, me enfado y mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza.
Hay días en los que me hago daño sin querer, o en los que hago daño a quien está cerca. No es porque quiera, es porque no encuentro otra forma de explicar lo que siento o necesito. Hace dos años llegó a mi vida Jordi, un educador que viene a casa para apoyarme en mi día a día.
Con él he aprendido a respirar un poco más despacio, a esperar unos segundos antes de reaccionar, a entender que no todo lo que siento tiene que explotar. Jordi me acompaña, me guía, me sostiene cuando me desbordo. A veces le hago daño sin querer, pero él sigue ahí, firme, paciente, sin soltarme. Le tengo mucho cariño, aunque no siempre se lo sepa decir.
Mi convivencia con los demás no siempre es fácil. Hay días en los que todo parece demasiado: los ruidos, los cambios, las normas, las miradas. Pero también hay días luminosos, en los que río, juego, corro, abrazo, y el mundo parece un lugar amable.
Cuando pienso en mi futuro, me imagino viviendo en un sitio donde me comprendan de verdad. Un lugar donde no tenga que explicar con palabras lo que no puedo decir porque ya me conozcan. Donde sepan cuándo necesito movimiento, cuándo necesito silencio, cuándo necesito un abrazo o simplemente que me dejen estar. Un sitio donde mis necesidades no sean un problema, sino parte de quién soy.
Yo no sé cómo será ese lugar ni cuándo llegará, pero sé lo que quiero sentir allí: calma, seguridad y cariño.