Plena Inclusión Madrid

Así se adaptan los voluntarios al periodo de confinamiento por el coronavirus

Julia, José María, Fátima y Julio son voluntarios de las entidades de Plena Inclusión Madrid.

Los cuatro continúan con su labor durante el confinamiento por el coronavirus.

Julia y José María ayudan a los usuarios de Fundación Juan XXIII Roncalli a preparar oposiciones.

Fátima colabora en actividades de ocio y tiempo libre con Fundación Esfera.

Julio hace apoyo activo con personas que participan en el Grupo Amás.

En situaciones complicadas para la sociedad en general es habitual que se produzca una ola de solidaridad que, desgraciadamente, no siempre tiene continuidad una vez que las crisis concluyen. Sin embargo, existen personas entregadas al vountariado a las que la COVID-19 no frena antes, durante ni después del estado de alarma. Son personas hechas de una pasta especial que han puesto todos sus esfuerzos en adaptar la forma en que ya colaboraban con las entidades de Plena Inclusión Madrid para seguir ofreciendo un acompañamiento de calidad a las personas con discapacidad intelectual o del desarrollo.

Julia Gómez y José María Alarcón, por ejemplo, han hecho lo indecible para no parar el apoyo que prestan en clases de preparación para las oposiciones a Auxiliar de Servicios de la Comunidad de Madrid y de portero para Adif que comparten dos días a la semana con las personas con discapacidad de la Fundación Juan XXIII Roncalli. En su caso, la tecnología es su gran aliado para mantener el vínculo con el alumnado y conservar frescos los conocimientos adquiridos para el momento en que se anuncien las nuevas fechas de examen, pospuesto por el coronavirus.

“Repasamos el temario, destacamos las cosas que son importantes, hacemos test del tipo del examen de la oposición o les hacemos preguntas para que ellos participen”, explica José María, que decidió utilizar una aplicación para trabajar en remoto que él ya conocía, y en cuya instalación tuvo que ayudar a sus alumnos uno a uno por teléfono.

Julia, que a sus 67 años ya está jubilada, afirma que esta labor de preparación para oposiciones es muy gratificante. “Yo pensaba si sería capaz de enseñarles algo, pero preparándome las clases y haciéndolo ameno y adaptado para personas con discapacidad intelectual, no hay problema”, añade.

Julia y José María (54 años) son dos de los ejemplos de cómo una persona llega al voluntariado. En el caso de Julia, tiene un hermano con discapacidad intelectual que participa desde hace casi 40 años en la Fundación Juan XXIII Roncalli y ella siempre había colaborado con la entidad, aunque fue con la jubilación cuando se decidió a dedicarle más tiempo. José María, por su parte, descubrió la Fundación en una visita de su empresa -una multinacional de telefonía móvil-, y años después, cuando ya estaba inactivo, dio el paso de convertirse en voluntario.

Voluntariado “en el ADN”

Casos distintos son los de Fátima Mingo y Julio Jorge Andrada, voluntarios casi por vocación. Fátima, que tiene 43 años, colabora con Fundación Esfera en las actividades de ocio y tiempo libre y en la actualidad, mientras dura el confinamiento, ha abierto un servicio de ayuda emocional para todo aquel que lo necesite a través de su teléfono, su dirección de correo electrónico y llamadas por Skype. Julio (37 años), por su parte, comenzó a colaborar con el Grupo Amás porque necesitaba “un cambio” en su vida y ha terminado enfocando en esa dirección su carrera laboral.

Ambos acumulan una amplia experiencia en el voluntariado, aunque es la primera vez que acompañan a personas con discapacidad intelectual o del desarrollo. “Ser voluntaria lo he llevado siempre en el ADN. No solo mediante el voluntariado, tenemos que ayudarnos unos a otros en general. Todo lo que tengas o sepas, compartirlo con otros”, explica Fátima. Nos cuenta su experiencia en acompañamiento a actividades culturales y en salidas nocturnas con los más jóvenes de la entidad. “Es un momento de esparcimiento, que ellos socializan, hablan de sus cosas”, explica.

Julio se dedica más a ofrecer apoyo individual a las personas, que incluye el acompañamiento a actividades determinadas. También colabora en las actividades de teatro desarrolladas por Amás Escena. “Me gusta mucho hacer teatro improvisado”, asegura. Igual que Fátima ha instaurado un servicio desinteresado de ayuda emocional, Julio mantiene el contacto con personas con discapacidad intelectual del centro ocupacional Padre Zurita por teléfono o, si dispone del tiempo necesario, mediante una videollamada. Mientras, ha adaptado su trabajo en un centro de daño cerebral adquirido para poder realizarlo desde casa.

Las cuatro personas voluntarias coinciden en que el hecho de que las personas con discapacidad intelectual o del desarrollo a las que acompañan estén llevando bien el confinamiento les ayuda a seguir desarrollando sus tareas. “Lo que sí he detectado es que vienen a las clases con más ganas de hablar y de verse. Por ejemplo, les comenté antes de Semana Santa que ese jueves no había clase, pero que yo estaba disponible. Estoy seguro de que si hubiera habido clase presencial habrían dicho que no, pero me dijeron que sí, que nos conectáramos”, nos comenta José María.

Julia lo está viviendo de una forma más personal, ya que ahora convive con su hermano de forma excepcional. Sin embargo, siguió algunas recomendaciones para afrontar con el menor impacto posible los cambios, como por ejemplo no agobiar a la persona con discapacidad intelectual con normas y horarios, mantener una rutina de ejercicios físicos y consultarle acerca de las decisiones de la casa. Y asegura que todo mejoró.

Por qué hacerte voluntario/a

Las personas voluntarias con las que hemos hablado dudan cuándo les preguntamos qué le dirían a quienes se plantean hacer voluntariado con personas con discapacidad intelectual o del desarrollo, pero enseguida encuentran las palabras para transmitir una actividad en la que ellos ponen todo su esfuerzo. “Es un mundo apasionante, das poco y recibes mucho”, afirma Julia.

José María se niega a plantearse su labor como un trabajo, pese a la dedicación que invierte en la preparación de las clases. “Es una satisfacción poder ayudar a estas personas, especialmente para que consigan un trabajo. Porque si lo consiguen, van a ser independientes, van a tener su vida organizada, van a llevar una vida normal”, indica, y explica qué le llevo a él a hacerse voluntario.

“Cada persona es distinta, hay quienes tienen la necesidad de tener el mejor coche o estar físicamente lo mejor posible. Yo no ayudo con mi voluntariado porque sea mejor ni peor que otras personas. Lo hago porque me gusta y me ayuda a sentirme mejor”, añade.

Fátima anima a aquellas personas que contemplan la posibilidad del voluntariado con recelo. “Es una experiencia, les diría que no tengan miedo y que miren lo que pueden aportar, porque todos tenemos un montón de cosas que aportar: tiempo, cariño, escucha, etc.”, asegura. Reconoce que el voluntariado en muchos casos influye en nuestra vida personal “porque somos seres humanos”, pero puntualiza que “lo mejor es saber gestionarlo”.

“Hay mucha gente que no hace voluntariado por miedo, y más en el sector de la discapacidad intelectual. Da miedo no estar a la altura, por las necesidades que pueden tener las personas a las que acompañas, y para nada. Nuestros miedos nos ponen barreras”, dice Fátima.

Julio asegura que a él le ha transmitido “mucha alegría conocer a personas, aprender de ellas”. “Porque de todas las personas se aprende, se trata de empatía con la sociedad. Yo me dedico ahora a esto y no lo hago por ganar más o ganar menos. Lo hago porque me gusta”, señala.  En su caso, afirma, le ha ayudado mucho que en el Grupo Amás escuchen su opinión o le faciliten proponer actividades. “Si te dan oportunidades y te valoran, influye en que tengas más ganas de hacer cosas. Te ayuda a sentirte parte del equipo”, concluye.

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